Los míos
Jueves 18 de Febrero de 2010 16:43

Los he visto en televisión, con sus dolores en Haití, reunidos en gran cantidad y decididos para cantar y alabar a Dios, reconociendo su soberanía y sometiéndose a su voluntad. Varios declararon claramente que solo Dios sabía por qué había ocurrido esa destrucción, pero que no obstante, seguían confiando en Él. El locutor comentaba que todos tenían una Biblia con ellos, incluso algún taxista trabajaba con su Biblia en la guantera.  

Esos son los míos, los valientes, los verdaderos creyentes, los verdaderos cristianos, los que han sido hechos verdaderos hijos de Dios porque han recibido como su salvador y señor de su vida a Jesucristo, quien murió por cada uno, cargando con el pecado de todos, para que pudiéramos ser perdonados y regenerados por la Palabra de Dios, La Biblia y el Espíritu Santo, para vivir una vida digna de obediencia a Dios y de ayuda a nuestro prójimo. Estoy impedido de pies y manos y no dispongo del dinero para ir allí, pero si pudiera, me uniría a ellos sin dudarlo. Gracias hermanos, por vuestro ejemplo.

El profeta Habacuc, decía: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos; aunque falte el producto del olivo y los labrados no den mantenimiento y las ovejas sean quitadas de la majada y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová y me gozaré en el Dios de mí salvación” (Habacuc 3:17-18). Los cristianos sufrimos también los problemas de esta vida, pero con una diferencia: confiando en el poder y la misericordia de Dios.

Los apóstoles “Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración” (Hechos 3:1). Un hombre cojo de nacimiento pedía limosna en la puerta Hermosa. “Más Pedro dijo: no tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). El hombre se puso a andar, saltar y alabar  a Dios. Vinieron las autoridades civiles y eclesiásticas y los encarcelaron por haber sanado milagrosamente en el nombre de Jesús a un cojo, sin su permiso. Pedro les dice: “En ningún otro hay salvación” (Hechos 4:12). Después de prohibirles  hablar en el nombre de Jesús, cuando los pusieron en libertad “vinieron a los suyos” (Hechos 4:23) para orar a Dios, diciendo: “Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay;” (Hechos 4:24).